IMPUNIDAD Y DESVERGÜENZA.
Víctor Sampedro Blanco. Editor del Libro-DVD 13-M. Multitudes online.
“Tenéis suerte.
Sobre los muertos no cae la vergüenza”.
(Maiakovsky)Mientras no exijamos de nuevo responsabilidades políticas por la manipulación de los atentados del 11M, las víctimas del terrorismo rendirán réditos electorales. Su valor está en alza, dado el protagonismo que algunos les asignan en el proceso de paz que pudiera darse en Euskal Herria. Mientras no recobremos valor para denunciar el uso espúreo del lema de la manifestación del 12M, “Con las víctimas, con la Constitución y por la derrota del terrorismo”, estas y no otras seguirán siendo las bazas de la (ultra)derecha. El guerracivilismo patrio sabe bien cómo arrinconar a sus adversarios, vejando toda víctima que no sea la propia con olvido o injuriando las que se resisten a su apropiación. Porque se saben impunes gritan: “Zapatero, vete con tu abuelo”.
Mientras el 13M no sea reivindicado como la legítima desobediencia civil que enfrentó las mentiras vertidas por el PP sobre 192 cadáveres aún calientes; mientras no enfrentemos las medias verdades de la supuesta oposición, política y mediática, sobre aquella masacre; los victimistas llevarán ventaja, seguirán haciéndose las únicas víctimas, arrogándose su voz y dolor. Campan las mismas mentiras, porque cumplen la función de cerrar filas. Prietas las de la derecha, temblorosas las de la izquierda; como desde 1975. Y así, los abrazos a las “víctimas selectivas” escenifican un enfrentamiento partidario, incompatible con cualquier fin consensuado (¿si no cómo?) de ETA y (lo que pudiera resultar más letal) impiden una estrategia racional y civilizada contra el yihadismo.
Las respectivas “víctimas selectivas” son homenajeadas según su filiación partidaria y la identidad de sus verdugos. Escudándose tras ellas, utilizándolas como parapeto, les sitúan “en primera línea de la estrategia antiterrorista” (como dijo una vez Zaplana, en su insistencia de usarlas como carne de cañón). Un antiterrorismo que parece más dirigido contra el adversario político que contra los dinamiteros. Por eso las víctimas más odiosas para el PP y sus corifeos mediáticos son los “Afectados del 11M”. No porque fuesen el resultado directo de la intervención bélica en Irak (imputación que sólo un ventajista ignorante podría mantener), sino por constituir la insoslayable evidencia de su vergonzoso electoralismo. Las evidencias son, para quien quiera escucharlas, las palabras y los silencios de quienes sí sufrieron el terror en sus carnes el 11M. ¿Se acuerdan de la Comisión Parlamentaria, de las ausencias y risitas de algunos diputados ante el discurso de Pilar Manjón? ¿Qué queda del hipócrita aplauso con el que la despidieron quienes se negaron a dejar paso a una comisión “independiente, no política”, exigida por las propias víctimas? ¿Recuerdan que los afectados del 11M se negaron a asistir y a que se hablase en su nombre en la inauguración del Jardín de los Ausentes en el Retiro? ¿Sabían que los primeros domingos de mes algunos intentan reunirse en ese Jardín de la Ignominia, para demandar un cambio de nombre? Mientras prosiguen los desfiles y festines electoreros, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”, nadie se hace eco de esos afectos heridos, de las heridas aún abiertas en esos afectados.
Quienes mintieron lo siguen haciendo, sin haber expiado culpa alguna. Parecen conscientes de seguir capitalizando los réditos de aquella huída hacia delante. La que emprendieron, tan bien acompañados, la mañana del 11 al sentirse tan cerca de la mayoría absoluta. ¿Por qué renunciar a ello ahora? Los réditos son palpables en los casi 10 de millones de votos del PP y en los beneficios de los medios que dos años después siguen afirmando la (co)autoría etarra del 11M o explorando sus insondables “agujeros negros” (El Mundo, dixit). Política de despojos y periodismo escatológico, el del permanente beso negro, allí donde desagua el poder sus inmundicias. La situación resulta tan anómala que, de producirse en cualquier otro país, no dudaríamos de certificar su inminente defunción democrática. ¿Imaginan a Blair liderando a los laboristas después de haber imputado el 7J al IRA? ¿Escudándose en errores involuntarios o engaños de la oposición? ¿Han podido leer estas tesis en algún medio inglés?
Tres de los cuatro periódicos madrileños las propagan a diario en referencia al 11M. Exculpan a los verdaderos ventajistas electorales, para impugnar la legitimidad de las urnas. Sus estrategias de desinformación y manipulación les aseguraron cuantiosos votos que, sin duda, habrían menguado de haberse cumplido las mínimas condiciones de legitimidad democrática en el último tramo de la campaña electoral de 2004. Desde el 14M asistimos a la inversión de la imputación lógica de ganancias electorales ilegítimas. No fue ZP quien entró en el Congreso en tren de cercanías, sino el PP quien permaneció en él, como principal partido de la oposición, y, aún encima, se echó a la calle; mejor dicho, nos llevó de calle… Siguen en ella desde el 12M y quienes entonces les acompañaron recelosos y dubitativos asisten ahora con estupor a su fuerza de convocatoria.
Las condiciones mínimas de una campaña electoral (en suma, de unas elecciones democráticas,) son tres: 1) que se pueda identificar al candidato mentiroso, 2) que sea denunciado en público como tal y, por tanto, pague al menos un precio político; y 3) que ningún candidato esté blindado de la crítica pública. Ninguna de esas condiciones se cumplió entre el 11M y el 14M. Siguen incumplidas.
1) Acudimos a las urnas con versiones contradictorias sobre el atentado. ETA negó su autoría el día 12. Pero seguía siendo, aún el 14, la “línea de investigación preferente” del Ministerio de Acebes y la responsable de la masacre, según “convicción moral” del candidato Rajoy… a pesar de estar deteniendo a ciudadanos árabes desde la tarde del 13. Votamos abrumados por los mensajes también contradictorios de la mayoría de los medios españoles y los extranjeros (cuyos corresponsales no acataron sino que denunciaron las presiones del Gobierno y, desde el 11, señalaban al yihadismo).
2) Sólo las multitudes del 13M denunciaron las mentiras del Gobierno en el único espacio público disponible (el de siempre, la calle y las plazas). El respaldo que la oposición, política y mediática, había brindado al Gobierno en la manifestación del 12M era demasiado explícito, para retractarse en un día, sin sonrojo, sin costes de audiencia o de votos; sin poner en riesgo las nuevas licencias audiovisuales o la sanción electoral de la disidencia.
3) La promesa televisiva de Rubalcaba (arrancada desde la calle la tarde del día 13), que un nuevo Gobierno daría a conocer “toda la verdad”, suena ahora a mero espot electoral. La Comisión parlamentaria del 11M elaboró un informe de apenas 300 páginas, (compárese, por favor, con el del 11S), sin consenso global alguno. Tan así, que los grupos que lo alcanzaron (todos menos el PP) hubieron de taparlo con otro simétrico, pero dirigido a un colectivo más divertido y vitalista que las víctimas del terrorismo. La aprobación de la Ley de Matrimonios Homosexuales coincidió en las fechas con el cierre de la Comisión. La Love Parade del Orgullo Gay funcionó como quitapenas veraniego, mientras las marchas desobedientes del 13M caían en el olvido.
Persiste el colapso de la esfera pública, incapaz de expulsar la mentira de sus instituciones y que, además, criminaliza o margina a los movimientos autónomos (también de víctimas). El contrapoder ciudadano que el 13M rompió el búnker institucional y mediático que amparaba al Gobierno, sigue en los márgenes, ignorado y desactivado, incluso por las redes sociales que lo convocaron. Tras el 11M y antes del 14M no se produjo la rotunda condena pública que hubiera resultado lógica en los partidos de la oposición y en los medios periodísticos, merecedores de tales epítetos. Recordemos las unánimes condenas a ETA a primeras horas de la mañana del 11M, la asistencia de todos los partidos, la convocatoria de todos los medios, de todas las instituciones, de casi todos los “intelectuales del No a la Guerra” a la manifestación del 12M. Otros también salieron a la calle, pero no a sostener la pancarta, sino a preguntarles “¿Quién ha sido?”. Al día siguiente exigieron “La verdad antes de votar”.
Pasados dos años, todos los responsables de aquel colapso de la esfera pública siguen en sus puestos. Ni un solo líder político, columnista o director de medios (ni siquiera de los públicos)… ni un solo responsable de los cuerpos de seguridad ha sido cesado ni ha dimitido públicamente por su actuación, a todas luces errada o malintencionada. Por eso el lema electoralista del 12M sigue enarbolado por el PP. Llevan dos años manifestándose con “sus” víctimas en primera línea de fuego, por la sacrosanta unidad patria, encarnada en una Constitución fosilizada, y en beligerancia permanente por la derrota final de las huestes terroristas, cuyos entornos ya abarcan a todo el que no se sume a sus filas.
No debiera sorprendernos su actitud ni la de sus adláteres mediáticos. Lo que asusta es la falta de respuesta, de contundencia en desvelar sus mentiras. Aterra pensar que los gestores políticos y mediáticos de la esfera pública convertirán el 11M en otro 23F. Es decir, que será el arma “secreta” con la que amagar en las elecciones o las negociaciones más duras; el secreto dosificado en cada “aniversario” (así da para más reportajes y libritos) del periodismo “de investigación” oportunista, el de los escribas del poder. Han tenido que pasar 25 años para que las televisiones digan bien claro lo que todos sabían en 1981, que Armada era “el elefante blanco” del fascismo, el De Gaulle de los conspiradores parlamentarios de aquel Gobierno de concentración nacional, la traca final proyectada de aquella opereta. ¿Esperaremos a 2030 para que alguien califique de nuevo a Aznar, Acebes, Zaplana y Rajoy como golpistas electoreros? Tienen suerte, sobre los muertos no cae su desvergüenza. Los versos de Maiakosvky cobran sentido, acompañando un mensaje central del 13M: “Vuestras guerras (también las antiterroristas), nuestros muertos”.