Presentación a “La quinta columna digital. Anti-tratado comunal de hiperpolítica”

De acuerdo con las indicaciones de sus mismos autores, el presente libro debería ser leído como un tratado-antitratado. Por lo que a mí respecta, hubiera preferido denominarlo ensayo-antiensayo. La diferencia entre ambas etiquetas oximóricas no deja de ser, por sútil, menos relevante. El ensayo, al menos en la originaria concepción de Montaigne, da pie a una escritura sin cortapisas, a un libre y espontáneo deambular por los entresijos de un tema (no es casual que el mejor ejemplo moderno de ensayo nos lo haya proporcionado el flâneur Benjamin, maestro inigualable en el arte de callejear, ya sea en la ciudad, ya en la literatura). En otras palabras, así concebido, el ensayo es lo contrario del tratado; es más, es el antitratado por antonomasia. De ahí que la expresión ensayo-antiensayo me parezca estar más en consonancia con la naturaleza de este volumen que no la de tratado-antitratado. La primera posee la indudable virtud de mantener la misma ambigüedad provocadora del oxímoron tratado-antitratado, pero además tiene la ventaja de dejar clara la absoluta heterogeneidad respecto a cualquier forma de tratado.
Yo diría que nos hallamos ante un libro que, a diferencia de muchos otros, no se lee en vano. En pocas palabras, se trata de un libro útil. Creo que el hipotético lector, en su primera toma de contacto, no tendría que dejarse descorazonar por el errático estilo argumentativo propio de este texto, ni por la, en ocasiones, irritante sobrecarga de neologismos y metáforas, o por el empleo esporádico de una retórica profética y oracular más propia de manifiestos y panfletos.
En cierta medida, uno puede compartir reservas o dudas de este tipo. Ahora bien, las mismas no han de hacer olvidar otros aspectos a mi juicio mucho más importantes. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al actual debate en torno a los efectos políticos y culturales de la globalización, una controversia de la que Alonso y Arzoz, con excepcional rigor filológico, han conseguido trazar un completo y sagaz panorama. Por otra parte, puede suceder que, a causa del estilo expositivo ya mencionado, el acceso a dichos aspectos no siempre esté exento de obstáculos. Aun así, me permito sugerir una vez más al lector que acepte el desafío sin reservas o prejuicios, o incluso, si se me permite la expresión, con la voluntad de gozar de los estímulos intelectuales que este libro nos brinda en abundancia.
A este propósito, se me viene a la memoria la famosa exhortación que Hegel dirigía a sus lectores para que participaran en el banquete preparado por él mismo en homenaje al «espíritu del mundo». El banquete, decía, está servido. Los manjares que os ofrezco son copiosos y refinados, sólo esperan que vosotros, sin afectada moderación, os sentéis a la mesa para disfrutar de esas maravillas.

Creo que la alusión a esa idea golosa y rabelaisiana de banquete puede casar bien con la predisposición requerida para enfrentarse a este libro. Es decir, el lector debería cambiar de actitud, no ver ante sí una tarea gravosa por cumplir sino la estimulante experiencia de asistir a una especie de banquete en el que no se sirven, como en el caso de Hegel, los suculentos platos del «espíritu del tiempo» sino aquellos, no menos suculentos, de los grandes problemas de nuestro tiempo. Creo poder barruntar, además, que la idea de libro-banquete ha de gustarles a Alonso y Arzoz (no por casualidad, en uno de los capítulos, los dos autores postulan el humor y el placer de la vida cotidiana como métodos de conocimiento).

Especialmente significativo a este respecto es el concepto de quinta columna. Como es sabido, originariamente procedía de la jerga táctica y militar de los fascistas durante la guerra civil española. La expresión se halla presente hoy día en muchas lenguas y conserva, en líneas generales, su sentido inicial. Es decir, por quinta columna se entiende, hoy como entonces, la acción de infiltrarse de forma subrepticia en un campo enemigo con el fin de minar, contrarrestar o debilitar su eficiencia operativa. Un tipo de acción muy difundido hoy en día. Las agencias de espionaje (o de inteligencia) lo denominan cover action. En el caso de Alonso y Arzoz, la noción de quinta columna desempeña un papel central en su discurso sobre la globalización. Los autores perfilan una estrategia quintacolumnista basada en la capacidad de infiltrarse en las grandes operaciones económicas, financieras y tecnológicas propias de la globalización, con el objetivo de favorecer, en su seno, el surgimiento de una alterglobalización (una globalización alternativa, en otras palabras, sustancialmente diferente de la actual). He de confesar que no me resulta claro cómo podía verificarse en lo concreto algo semejante. La dificultad está ligada, sobre todo, al hecho de que la propia globalización funciona ya como una estrategia sustancialmente quintacolumnista, una estrategia cuyo objetivo es hacer peligrar la estabilidad económica, social y política de lo países-nación. De hecho, la alterglobalización debería funcionar como un quintacolumnismo capaz de contrarrestar el quintacolumnismo de la globalización. Los autores afirman que algo así sería posible a partir de una estrategia «astutamente quintacolumnista», guiada por un abierto y flexible «código (de comportamiento) quintacolumnista».
Otras dos nociones frecuentemente barajadas en el texto son la de hiperpolítica y la de hiperfilosofía. El ensayista alemán Peter Sloterdijk fue el primero en hablar de hiperpolítica, pero los autores del libro que nos ocupa otorgan al término un sentido diferente. De acuerdo con dicho sentido, la hiperpolítica es una política que aspira a convertirse en omnicomprensiva, siendo capaz de filtrarse por todos los intersticios. La política, merced al fomidable poder de conectividad de la red, tendría la potestad de estar presente en todas partes. Ahora bien, aunque esta idea resulta estimulante en un plano ideal, recuerda en exceso las elucubraciones tecnoutópicas que proliferaban en la California de los años setenta. Así sucede, por ejemplo, con la creencia de que el recurso a la electrónica hubiera bastado por sí mismo para favorecer el surgimiento de una «Nueva Atenas», una democracia participativa de masa a escala planetaria. Para ser justos, la posición de Alonso y Arzoz, más allá de incurrir esporádicamente en un ingenuo y algo afectado comunitarismo, no es tan simple. En el fondo, su actitud es más desencantada, más crítica y menos dispuesta a reconocerles a las nuevas tecnologías un papel mesiánico. Como es natural, los autores admiten que las nuevas tecnologías pueden favorecer la vida democrática, pero se oponen a cualquier forma de fanático determinismo tecnológico. En su propuesta a favor de una «hiperpolítica», se otorga a la red un papel importante, pero no tanto como para ver en ella un sustituto de la acción política. A su juicio, la red no es una forma de «hablar de otra forma», de no hablar concretamente de la política concreta, de la política con p minúscula.
Es éste un punto crucial, ya que cualquier intento de propiciar una creíble (y plausible) alternativa a la voraz globalización neoliberista hoy en acto ha de asumir como punto de partida el hecho de que los problemas por resolver no son (o no son sólo) tecnológicos, sino siempre, y en primera instancia, estrictamente políticos. Siendo bien conscientes de ello, los autores consideran, con razón, que no existe la posibilidad de una hiperpolítica sin una hiperfilosofía. Por hiperfilosofía se entiende, entre otras cosas, «el método privilegiado y natural para el desarrollo técnico-práctico de la hiperpolítica». Es decir, que la hiperpolítica es vista como una derivación de la hiperfilosofía. En las páginas del libro, la naturaleza de la relación entre ambas esferas es sondeada de forma insistente, momentos en los que, a mi juicio, el libro ofrece quizá su contribución más novedosa. En concreto, me refiero al balance crítico de las ideas defendidas por algunos conocidos teóricos de la alterglobalización. Ideas que, paradójicamente, tienden, en la mayor parte de los casos, más a legitimar (cuando no a ennoblecer) la actual globalización que a buscar una alternativa a la misma.
En este libro, en conjunto muy bien argumentado, algunas cuestiones importantes se discuten con excesiva celeridad, por lo que no se profundiza en ellas lo suficiente, con el riesgo de que puedan surgir numerosos malentendidos. Un ejemplo es el de la cuestión del arte. Los autores mencionan un presunto fracaso del arte de vanguardia, mientras defienden la tesis de que dicho arte debería ser sustituido por un nuevo «arte popular contemporáneo». En ese «arte popular contemporáneo» se incluyen muy diversas formas de experimentación artística presentes hoy en día en el ámbito de la cibercultura (ciberarte, net art, body art, videoarte digital, performances, etc…). Es decir, un arte sustancialmente alternativo, en oposición al arte vanguardista, considerado elitista, es decir, no popular. Sin entrar a discutir dicha visión (paradójicamente muy vanguardista), que interpreta el desarrollo artístico como una contraposición continua de paradigmas artísticos diferentes, una visión que ignora el relativismo (o eclecticismo) hoy dominante en el campo del arte, es preciso señalar que las cosas no han ido como se esperaba. Ese arte, digamos, cibercultural, que debía ser el resultado del activismo creativo popular, ha sido asimismo metabolizado de manera implacable por el mercado elitista del arte. Es de esperar que, en sus próximos libros, Alonso y Arzoz desarrollen estas cuestiones.

 

Tomás Maldonado, Milán, 2005


[traducción de Enrique Santos Unamuno]