Sobre el software libre

La creación del software es un tipo de invención, pero un tipo con problemas y características propias. Escribir y adaptar el código fuente es una actividad fundamental, una vez que se ha separado de la utilidad para los usuarios finales y requiere un alto nivel de pensamiento abstracto y analítico. Es útil considerar estas características desde un punto de vista histórico. Los seres humanos no pueden vivir sin tecnología. Tienen que fabricar ropas y refugios, deben salvaguardarse y preparar comida. Así que es razonable redefinir al homo sapiens como homo faber. Pero del mismo modo que el pensamiento del homo sapiens no se limita a un tipo de racionalidad –ya que pensar incluye el uso creativo del lenguaje en las artes y en las humanidades, a la vez que las habilidades analíticas e investigativas de la matemática y de la ciencia, consecuentemente el hacer del homo faber toma muchas formas diferentes. Aunque la necesidad pueda ser la madre de la invención, ésta es madre de más de una familia. De acuerdo con los filósofos Alfred North Whitehead y José Ortega y Gasset, cuando escribían en los años 30, la historia de la tecnología atravesó un umbral decisivo a finales del siglo XIX, cuando el proceso de inventar se volvió racionalizado. Lo que Whitehead denomina como “la invención de la invención” (Science and the Modern World, 1930), esto es, que la invención no sólo de otro dispositivo tecnológico sino de una técnicas para promocionar la invención en sí misma- fue un hecho que transformó fundamentalmente la tecnología y las relaciones entre sociedad y tecnología.


Thomas Edison, quizás el mayor inventor de todos los tiempos, recompensado con el récord de 1093 patentes, jugó un papel fundamental al inventar lo que bautizó como “la fábrica de investigación”. Respecto a los motivos que le condujeron a su factoría, a la que hoy llamaríamos Investigación y Desarrollo (I+D), cuenta la siguiente anécdota, muy reveladora. Según él, cuando sólo tenía 22 años y trabajaba en la industria informática de su época, las comunicaciones telegráficas, su primera invención patentada fue un dispositivo para contar eléctricamente los votos de una asamblea legislativa. En lugar del voto por nombramiento o los sistemas de voto escrito, que eran muy lentos y empleaban mucho tiempo, los miembros del parlamento dispondrían de unos interruptores eléctricos en sus escaños: apretando uno se registraría un voto afirmativo, apretando el otro uno negativo. Así se podrían contabilizar los votos y se podrían determinar los resultados rápidamente. Pero este invento fue un fracaso; no se vendió. El parlamento estatal al que Edison se lo ofreció no quiso comprarlo. Más aún, se mostró decidamente en su contra. La razón es que con frecuencia los políticos querían saber cómo votaban sus colegas antes de decidir su propio voto o querían un momento para reconsiderarlo mientras que se hacía manualmente el recuento de los votos escritos. En una votación por nominación, los miembros podían “pasar” a fin de saber qué votarían los otros antes de decidirse finalmente. Así era posible negociar incluso en medio de la votación. Esta posibilidad se veía impedida por el sistema de voto eléctrico. En respuesta a este fallo para vender la máquina eléctrica de registro de voto, Edison se prometió nunca inventar algo al menos que supiera que la gente para quien estaba destinado realmente lo desease. Desde entonces se impuso que “nunca perdería tiempo inventando cosas que la gente no quisiera comprar”. Edison no estaba enamorado de la práctica tecnológica, la que Samuel Florman, en una apología de la ingeniería creativa, denomina como “los placeres existenciales” de la experiencia tecnológica.


Lo que esta anécdota revela no es sólo un aspecto del plan de negocios de Edison sino algo más sobre el propio proceso sistemático de invención: el proceso que posibilita lo que podría calificarse como “invención alienada”. Karl Marx había identificado con anterioridad la alienación como una característica clave del proceso de producción en masa. Ahora, en la fábrica de Investigación y Desarrollo, la alienación ha pasado de la producción tecnológica a la producción de tecnología. Ello dará lugar a lo que se ha venido identificar como las dificultades para la transferencia tecnológica, esto es, el paso del laboratorio al mercado. Resulta difícil pensar en los artesanos tradicionales inventando productos no queridos o superfluos. Se encuentran por tradición tan integrados social y culturalmente que sus habilidades inventivas se aplican de forma natural en bienes que poseen un completo significado cultural y social. Sus contribuciones a las que quizás pudiéramos confundir como anticipaciones de una economía de consumo podrían entenderse como embellecimientos y ornamentos que subrayan la integración cultural al unir tecnología, religión, política y arte. Las novedades no llegan a la existencia de repente, y tampoco con un propósito consciente o sistemático, sino de forma lenta, como acumulaciones de concesiones sobre un período de tiempo largo.
En los laboratorios de investigación y desarrollo, sin embargo, los grandes procesos de dividir o analizar los elementos de la cultura, algo característico de la modernidad, se apodera del proceso de invención y a la vez lo descontextualiza de la sociedad y la cultura. El Renacimiento, la Reforma y la Ilustración introdujeron distancia entre, por ejemplo, el arte, la religión, la política y la economía, convirtiéndose todas ellas en instituciones semiautónomas cuya integración, consecuentemente, había de ser laboriosamente reconstruida y no simplemente asumida. Así que también el proceso de invención fue por tanto desenraizado de todas las conexiones implícitas propias de un lazo sociocultural y así se descontextualizó. Puesto que Edison no tenía un conocimiento tácito o intuitivo de la vida política, inventó algo que no encajaba con esa vida y juró que en el futuro, antes de inventar nada, realizaría algo que llamaríamos una investigación previa del mercado.
Desde luego durante un tiempo la reciente "invención" del método de inventar podía apoyarse en la memoria residual de una necesidad humana contextualizada. Las invenciones de Edison más importantes no requirieron una investigación consciente del mercado a fin de tener éxito. La luz eléctrica, la grabación de la voz y la imagen en movimiento respondían todas ellas a deseos humanos casi míticos. Sus grandes innovaciones tecno-económicas en el sistema de energía eléctrica fue una respuesta directa hacia el entusiasmo popular por las luces eléctricas. Pero consecuentemente, y en especial en casos particulares, se debían investigar previamente y cada vez más los contextos sociales y culturales de su uso, por medio de la investigación del mercado o se debían crear por medio de la publicidad. Como apuntó correctamente Ortega y sin referirse a Edison, una vez que aparece un método descontextualizado de invención, los inventores corren el peligro de estar cada vez más alienados de la vida. Se vuelven inventores solamente, interesados en la invención por la invención misma, nada más que inventores, atrapados en los placeres de la invención, pero por ello desprovistos de los placeres comunes de la existencia. Convierten el arte por el arte en la invención por la invención. La división entre experto y ciudadano, que es una brecha digital con dimensiones mayores que la simple accesibilidad al producto, se abre a los pies del especialista tecnocientífico y a la espalda del usuario final en democracia. Es una brecha que solamente se puede eliminar del mismo modo que se creó, con la conciencia: por medio del desarrollo sistemático de formas que relacionen ambos mundos.
Las comparaciones con el desarrollo del software son obvias, sin duda. La cultura hacker tiene la tendencia de volverse sobre sí misma. Se define a los hackers por sus habilidades técnicas y su placer en resolver problemas, tanto como su compromiso para compartir esas soluciones. Reinventar la rueda no es solamente un gasto de energía, tampoco es divertido. Lo divertido es inventar algo nuevo y compartir esa alegría. Los ingenieros de software escriben código que es técnicamente agradable y placentero compartir. Éstas son las palabras de Linus Torvalds, cuando tenía 22 años y anunció la versión 0.02 del kernel de Linux:


¿Te acuerdas con pena de los buenos días del Minix-1.1., cuando los hombres eran hombres y escribían sus propios drivers para sus periféricos? No tienes un buen proyecto y te mueres por hincarle el diente a un (sistema operativo) que puedas modificar...? ¿Ya no quedan noctámbulos que hagan funcionar un programa de primera? Entonces este mensaje puede ser para ti.
 

En medio de ese placer tecnológico, se encuentra seguramente la medida adecuada para la distancia con los intereses de los usuarios finales, pero es una energía que ciertos poderes comerciales tratan de domesticar y dirigir. Tal como el avaricioso Microsoft nos recuerda con frecuencia, la comercialización propietaria del software no se originó sólo por avaricia, sino que como también sabemos, porque la comercialización tiene sus propios derroteros. El mercado mismo ha de ser creado y diseñado para beneficiar el bien común, porque está en constante peligro de ser capturado por los intereses privados. Aceptamos que el software libre o el movimiento de código abierto es un intento de cambiar el equilibrio de poder en la economía de mercado, pero es un cambio que puede exigir ajustes complementarios entre aquellos que participan de este tipo de creatividad ingenieril y sus prolongaciones empresariales.