Del humor

La hiperpolítica no puede ser sino un canto al humor y la risa porque ya estamos hartos de que la épica revolucionaria siempre nos lleve a la catástrofe. No es posible la hiperpolítica sino como política del humor crítico y de la risa cómplice, porque la risa, la risa total es quizás uno de los elementos más subversivos a los que se enfrenta el poder. Baste recordar la anécdota del encuentro de Diógenes el Cínico y Alejandro, tal vez una de las más deliciosas joyas del humor hiperpolítico, al despreciar el poder imperial o la ironía volteriana. Existe una larga tradición de humor filosófico en la modernidad, desde la ironía de Kierkegaard a Nietzsche y su necesidad de una risa que eleve al ser humano, o a las perplejidades filosóficas de Wittgenstein, que debemos recuperar de forma hiperpolítica (http://consc.net/phil-humor.html). Hemos de recuperar esa larga, acaso olvidada pero secretamente poderosa tradición que se remonta hasta el principio de los tiempos y cuyas herramientas son el humorismo y la ironía, la sátira, la parodia o el panfleto como saludables ejercicios personales y como actitud colectiva frente a un poder difícil de detener pero ciertamente risible. Necesitamos el humor, más humor, humor a tumba abierta, pero el más alto humor, el humor inteligente, con las cosas claras, humor en serio que certeramente provoca revelaciones y cambios. Nos referimos al humor surgido de las entrañas de un nihilismo humanista -sí, esto es posible, pues es éxtasis del humor- que nos libere de la seriedad militante y del fanatismo de la violencia. Éste humor ha de ser omnipresente y omniabarcante: humor autocrítico sobre nuestros errores y fracasos, que espolea la recuperación, humor -si ello es posible- de los desesperados, de los pobres, de los marginados, de los clandestinos, de los desorientados, de los desconectados, de los hastiados; el humor soberano de la carcajada de la calavera monda y lironda, que no tiene nada que perder. Hay mucho de qué reírse, hay que reírse para convertir la risa en la estrategia quintacolumnista, la risa corrosiva contra los mitos del neoliberalismo, de la globalización oficial, de ese tecno-hermetismo digitalista con su aura de revererente transcendentalismo. No podemos dejar títere con cabeza, ¡ni si quiera las nuestras se salvarán! Necesitamos esas películas humorísticas de ficción (“la comedia es la mejor forma de resistencia social”, apunta Ken Loach) o de documentales irreverentes, de chistes gráficos, collages subversivos, estilos sarcásticos, canciones populares, carteles reivindicativos, publicaciones provocativas, spoofing sobre la publicidad de grandes marcas, los “desvíos” irónicos (detournements) que nos legaron los situacionistas, etc. Hay que recrear el humor de la cibercultura hacktivista en los sabotajes simbólicos y propuestas descalabradas a través de la red y humor subversivo en las calles, en performances y acciones como propugnara Wu Ming, desde el timo a la editorial Mondadori, propiedad de Berlusconi (la publicación de un libro falso net@generation compuesto con retazos de la web) a los detournements públicos (por ejemplo, “Hacienda somos tontos”). Humor a raudales porque la hiperpolítica es una defensa del placer de la vida cotidiana, del júbilo de la rebeldía y del sentido crítico, de la fiesta comunitaria, de la República del humor, la República patafísica que ha de ser nuestra República global. Y una de las más novedosas fórmulas de ese humor es el género fake, donde la falsedad deliberada y confesa en una obra (un libro, una película) revela una verdad oculta. La propia ideación de la hiperpolítica es, en este sentido, un propuesta de quintacolumnismo fake que alcanzaría su mayor grado de efectividad si realmente se cumple, aún sabiéndose públicamente fruto del humor activista, como un constructo satírico-retórico de la nueva política global. No hay hiperpolítica -este tonto neologismo saboteado de Sloterdijk, que machaconamente hemos repetido como un conjuro-, pero, milagro del humorismo, puede acabar habiéndola, mañana, dentro de diez años o el siglo venidero, porque este siglo XXI todavía no está maduro; y también puede no haberlo, nunca, más allá de esta fantasía subversiva, este catálogo de recetas activistas, de este juego de proposiciones inverosímiles. Lo que provoca nuevamente la carcajada, la carcajada absoluta del fracaso feliz. De cómo el humor de este falso tratado sobre una inexistente hiperpolítica cuyo propósito se hizo o no realidad, pero que a buen seguro contribuyó a cambiar en cierta, secreta medida, las cosas, mayormente gracias a su radical novedad: su humorismo secreto y quintacolumnista. El humor como arma definitiva del quintacolumnismo, es ofrecida a la multitud por la propia multitud, y sólo gracias a su estrategia, a un tiempo destructiva y creativa, lograremos propagar como un virus la rebelión de la hiperpolítica.


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